La historia de Abraham ilustra la importancia de la fe. Abraham no fue justificado por obedecer la Ley o por ser circuncidado. Fue justificado porque creyó en la promesa de Dios, que él tendría un hijo. Abraham tuvo fe antes de que fue circuncidado. Así que Abraham es un ejemplo de una persona incircuncisa que fue justificado por fe. Esto quiere decir que los Gentiles incircuncisos hoy pueden ser justificados también por fe en Jesús. (4.1-25) Éramos pecadores y enemigos de Dios y bajo su ira. Pero Dios mismo hizo paz con nosotros. Envió a Jesús a que muriera para salvarnos. (5.1-11) El pecado entró al mundo a través de un hombre, Adán. En la misma manera, el favor de Dios entró al mundo a través de un hombre, Jesús. Así como el pecado afectó a todas las personas, también el favor de Dios está disponible para toda persona que cree. (5.12-21) A través del bautismo cristiano, nos identificamos con la muerte y resurrección de Cristo. Morimos al dominio de la “carne”, y nos resucitamos a vivir una nueva vida de obediencia a Dios. (6.1-23) La Ley de Moisés fue una manera ineficaz de hacer que las personas obedezcan a Dios, porque los seres humanos son pecaminosos. Las reglas de esta buena ley solo hace que las personas quieran romper esas reglas. Los Israelitas leían las reglas de la ley y quisieron obedecerlas, pero su naturaleza pecaminosa los provocaban a desobedecerlas. Así que, aunque la lay era buena, el pecado la usó para extender su maldad. Por morir con Cristo, hemos sido liberados de la autoridad de la Ley de Moisés. De esta forma, el poder del pecado ha sido eliminado. El pecado ya no puede usar la ley para hacernos desobedecer a Dios. Ahora servimos a Dios por obedecer la motivación y la dirección del Espíritu Santo, que mora en nosotros. El Espíritu nos consola que somos hijos de Dios. (7.1-8.17) El mundo y todo lo que hay en el mundo algún día será liberado del poder del pecado. Hasta entonces, la creación gime mientras que espera su liberación. También sufrimos mientras que esperamos pacientemente la conclusión de nuestra salvación. Pero tenemos confianza que somos más que vencedores, y que nada nos puede separar del amor de Dios. (8.18-39)